En un momento, en pleno auge internetero, me planteé el mantenerme al margen, pensando que sería una moda más a las que tanto me oponía desde mi plena adolescencia. Ahí me mantuve firme por un tiempo, luchando por argumentar mi recelo por algo que conquistaba masas.
Sin embargo, mi derrota llegó pronto. Internet me ofreció la posibilidad de subir en un avión e irme por dos duros a lugares que hasta entonces solo estaban en mis sueños o a 25 horas de autobus en viaje de estudios. No tuve más remedio que rendirme, compré un billete para Londres, me fui con mis amigos y volví con una cadena perpetua: estar atento a la nueva tentación que, cada minuto, me puede ofrecer Internet.
David Sicilia
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